lunes, 1 de diciembre de 2008

Samonka


Así llamaban en Víselki a un muchachuelo escuálido y larguirucho, de grandes orejas despegadas. Las orejas eran un atributo muy llamativo en la cabeza redonda de Samonka por su tamaño excesivo y por que ardían eternamente como una llamarada debido al contacto, frecuente y no muy cariñoso, de la mano paternal.

Recuerdo que Samonka aceptaba la paliza diaria como una cosa debida, con el valor del culpable cuando, por mucho que se busque, no hay manera de encontrar la menor justificación: por ejemplo ¿Qué se puede hacer cuando le sorprenden a uno en un huerto frutal ajeno, o en una huerta, y le conducen al padre?

Mi hermano Lionka tenía la imprudencia de ser amigo de Samonka, razón por la cual recibía frecuentemente de nuestro padre lo mismo que Samonka del suyo. Muchas veces, los castigos eran impuestos el mismo día, incluso a la misma hora, y esto equiparaba en cierto modo a los amigos, hacía menos sensibles los golpes.

Al fin y al cabo no me habían sacudido a mí solo, sino también a Lionka. Lionka, a su vez, podía pensar exactamente igual de Samonka, y los dos se consolaban así. Bien se dice que, en compañía, hasta la muerte se puede aceptar. El caso es que al cabo de una hora o así ambos olvidaban por completo la paliza recibida y, en cuanto se juntaban, se ponían a planear un nuevo asalto a una huerta o un melonar.

Samonka y Lionka sólo iban a la escuela hasta navidades: la aplicación no les daba para más. Samonka solía presentarse el día que habían fijado ya de antemano y anunciaba solemnemente a su amigo:

-Lionka, ¡sea acabó!-

Sentada esta afirmación, el taleguillo manchado de tinta que contenía libros y los cuadernos mutilados iba a parar a lo alto del horno, y el hocico granujiente de Samonka resplandecía con una dicha infinita.

Lionka, que esperaba aquel instante desde hacia ya tiempo, aceptaba inmediatamente.

No se sabe como llegaron los amigos hasta el tercer grado, pero de allí no pudieron pasar, Tres años estuvieron en el tercer grado, hasta que los echaron de la escuela.

Samonka desapareció luego de la aldea, como tantos otros de aquella época ¿Había muerto sin que nadie se diera cuenta en el año terrible de 1933, o escapó de allí impelido por el hambre? Nadie lo sabía. Ni siquiera su amigo Lionka, que seguramente tenía otras cosas en que pensar…

Casi todo el mundo se había olvidado ya de Samonka cuando volvió a aparecer ahora en Víselki, al cabo de unos veinte años. Era un hombretón altísimo de unos treinta y siete años y vestía un uniforme militar por el cual no se podía colegir a que arma pertenecía su dueño.

Samonka no tenía familiares inmediatos en la aldea: la madre y el padre murieron aquel año treinta y tres. En cuanto a Lionka, su único amigo, murió en la guerra y su tumba quedó perdida entre los bosques de Smolensk.

En una palabra, que no tenia a nadie de quien jactarse en particular de su magnífico uniforme y de su modo de hablar al estilo de la capital, sin acentuar la “o” como en el Volga. Y, sobre todo, no tenía a nadie ante quien jactarse del cargo tan importante que desempeñaba en Moscú, en la capital. ¡Y que deseos tenía de jactarse, el pobre! A decir verdad, con ese único objetivo había hecho aquel viaje a su aldea.

De la contrariedad, se atizó unos buenos latigazos de vodka de cuarenta grados en compañía de su tía Nastasia, mujer de setenta años que no bebía, en cuya casa se había hospedado. Y enseguida experimentó la imperiosa necesidad de ponerla al corriente de lo que era y lo que hacía…

-¿Sabes donde estoy de servicio tía?-

-¿No hijo mío, ¿Cómo lo voy a saber?-

-¡En Moscú!-

-¿En Moscú? Ya lo he oído, me lo ha dicho el viejo… ¿con que Moscú mismo?- se sorprendía Nastasia, y Samonka tuvo la impresión de que la vieja le miraba con extraordinaria envidia-. De manera que de allí me mandaste aquel azúcar, ¿no?

-De allí abuela, de Moscú.

-¿Y donde estabas allí, hijo mío, que haces?

Samonka miró de un lado a otro, lanzó una ojeada hacia la ventana como si temiera que estuvieran escuchándoles y, en un susurro, igual que si se tratara de un gran secreto, confió:

-Vigilo un importante objetivo.

-¡Ah! ¿Estas de guarda? Muy duro es, ¿verdad? El viejo mío tambien lleva no se cuantos años vigilando los graneros del koljós, de guarda vamos. Antes le habian puesto con las abejas. Pero, hijo, pegan unos picotazos tan terribles las abejas esas… Ahora está con el grano. No descansa ni de día ni de noche. Cuando llega, está aterido…

-No estoy de guarda, tía, entiéndeme… ¡Es un objetivo importante! ¿Comprendes?

-Pues claro que si, muchacho… Eso te digo: que se pasa el pobre la noche entera con la escopeta. Y las noches de invierno son larguísimas, con un frío espantoso, y unas heladas. Le pongo el samovar y lo apura enterito… Ser guarda, ¡menudo es eso! Claro que comprendo; como que tengo muchos años ya…

Samonka sacude la cabeza desesperado.

-¡Pero acaba de entenderme, vieja! No estoy de guarda. Estoy de vigilancia, de jefe… de una guardia. Eso no tiene nada que ver con cuidar de unos graneros. ¡Se trata de un objetivo importante!

Pero la abuela Nastasia sigue con lo suyo:

-Si te comprendo… Y por eso digo que es duro, hijo mío. El guarda tiene un empleo molesto, de noche. El mío, cuando vuelve por las mañanas a casa, trae carámbanos en las barbas, y se los tengo que arrancar. ¿Por qué no tomas el retiro, viejo?- le digo yo. A los jubilados les corresponden ciento diecisiete trudodiens. Para nosotros, bastante es… No, mujer, me dice. Es pronto para retirarme, En el koljós falta gente. ¿Cómo quieres que esté yo tumbado en lo alto del horno?... A mi me gusta guardar los bienes koljosianos, dice, sobre todo el grano… ¡Si tenéis un cargo difícil mi viejo y tu, hijito! ¡Si lo comprendo muy bien!

A Samonka se le saltan casi las lágrimas.

-Mira tía, ¡vete al demonio tu y tu guardia!

-Si eso mismo pienso yo, que os dejéis de eso mi viejo y tú…

Samonka no encuentra salida: ¿Quién le explica nada a esa vieja chocha? De pronto, una idea acude a su imaginación:

-Oye tía, en la aldea habrá muchas viudas ¿verdad?

Nastasia mira con aire picaresco a su sobrino, que ha vuelto a sentarse frente a ella en la mesa.

-Pero ¿Es que todavía no te has casado, muchacho?

-No, tía; no me ha dado tiempo, la guerra no me ha dejado. Bueno, y dime ¿hay alguna así, que sea joven?

-Las hay. Claro que si. Después de la guerra han quedado muchas, hijito. Unas con hijos, otras sin ellos…

-¿Y qué, y qué?

-Lo mejor que puedes hacer, muchacho, es ir a ver a la Cigüeñita. Estará encantada.

-Y… ¿Qué tal es, que tal?

-Es joven, y agraciada de cara. Dicen que a todo el mundo acoge, que nadie tiene queja de ella.

Samonka rebulle impaciente en el banco. El correaje nuevo cruje inquieto, las orejas le arden como dos linternas.

-¿Dices que no me despedirá de mala manera?
-No, no. Vete a verla chico. Ya te digo que se pondrá contenta.

-Aquí cerca, nada mas pasar el puente. La primera casa a la derecha.

Samonka se levanta impetuosamente, con gesto habitual recoge el vuelo de la guerrera debajo del cinto, se mira al espejo, y junto a su imagen, descubre la de un receptor de radio acogido a un rincón, junto a los íconos, en buena armonía con los rostros oscuros de los santos. Sin volver la cabeza, pregunta: -¿Por qué está callado el aparato, tía?

-Por que no hay pasto ¿comprendes? El domingo irá el viejo a comprarlo.

-¿A comprar que?

-Pasto

-Querrás decir pilas.

-Eso es.

Después de contemplarse una vez más en el espejo, Samonka se dispone a marcharse. Junto a la puerta se detiene.

-¿Y como se llama esa Cigüeñita?

-Pues así: Cigüeñita.

-Entonces, ¿es que no tiene otro nombre?

-Claro que lo tiene, se llama Marfushka. Lo de Cigüeñita se lo puso el marido, que en paz descanse. La quería muchísimo, ¿sabes?, y así ha quedado…

-Bueno, voy para allá- dijo Samonka con un ligero temblor de impaciencia en la voz y salió a la calle.

Regresó poco antes del amanecer. Sin encender la luz se desnudó en la oscuridad y acostase rápidamente en la cama que le había cedido su tía. La abuela Nastasia estaba tendida sobre el horno. Por la mañana, al despertarse antes que Samonka, vió en el rostro del durmiente, debajo del ojo derecho, un enorme cardenal que adquiría un espantoso color liláceo en el crepúsculo matutino. La vieja soltó una risita socarrona, bajó rápidamente al suelo y empezó a hacer ruido junto a la hornilla.

Samonka entreabrió el ojo tumefacto y lanzó una mirada de soslayo a la tía, captando con gran contrariedad suya una sonrisita cáustica en las comisuras de sus arrugados labios.

“¡Anda ya, vieja agorera!”- pensó iracundo y ocultó su rostro bajo la manta. ¡Ya te daré yo a ti, Cigüeñita! ¡Yo no consiento que se burlen de mí!”

Cuando amanecía volvió Pizquita.

Samonka y Nastasia estaban desayunando. El sobrino, arrebatado al principio por la sed de venganza, se comportaba ahora con calma y comedimiento mayores. Probablemente estaba agradecido a la tía por haber tenido bastante tacto para no preguntarle dónde se había ganado aquel cardenal bajo el ojo derecho.

Pero Nastasia no tuvo tiempo para advertir a Pizquita que no se comportase del mismo modo. Y fue hecha la pregunta fatal para Samonka:

-¿Quién ha sido, camarada jefe, el que te ha… ejem, ejem… adornado así?

-Viejo soldado, Pizquita se afanaba por observar las reglas de la subordinación y hasta se reprochó para sus adentros el que se le haya escapado aquello de “adornado” ofensivo para tan “alto personaje”.Como un auténtico combatiente, acudió en auxilio del compañero apurado, enmendando de paso su yerro.

-¿Te has caído en algún hoyo o una cueva? ¡Quedaron tantos de cuando los años treinta! Como después de un bombardeo. ¡La de ganado que se ha malogrado en ellos!

-Me he golpeado con el quicio de una puerta en la oscuridad- farfulló Samonka.

-Esas cosas ocurren. El verano pasado también me pegué un trompazo, como tú, que casi me deja ciego. Con que, mas cuidado, camarada jefe… Al fin y al cabo, eso de los quicios, en todas las puertas los hay. Bueno, y ¿que, echamos un trago? ¿Eh? Trae unos pepinos salados, vieja. De modo que en la ciudad, ¿eh?, en Moscú. Vaya, vaya… ¿Y que tal? ¿Hay mucha gente por allá?

-Mucha, abuelo –contestó Samonka encantado de que la conversación hubiera saltado a otro tema, soslayando el que le molestaba a el-. Sus seis millones habrá.

-¡Menudo!- comentó Pizquita con un silbido de asombro- ¿Y todos vigilan algún objetivo importante?

-¡Hombre, no!- sonrió Samonka, condescendiente- Hay quien trabaja en una fábrica, o en una oficina, o en otra parte. Todo el mundo trabaja, todo el mundo hace algo.

-¿Todos, eh? Eso es bueno. Y tu, ¿haz venido a quedarte o no?

-No, abuelo. He venido de visita. A pasar una temporada. Estoy de permiso.

-¿De permiso? ¿Qué quiere decir eso de permiso?

-Un descanso que me corresponde.

-¡Ah, vamos! ¿De manera que te corresponde? Se conoce que nosotros vivimos en otro régimen. A nosotros no nos corresponde.

Samonka callaba, confuso.

El abuelo Pizquita también le echó mano en esta ocasión.

-No, si yo comprendo que ahora no puede ser. El trabajo nuestro es distinto. El día que haya mas máquinas, entonces… ¿De manera que no quieres quedarte en tu pueblo? Mal hecho… Quédate, te paso el cañón mío –el viejo señaló hacia la pared donde estaba colgada su vieja escopeta-, y yo me dedico a descansar. Tienes experiencia, puwesto que en Moscú vigilas un objetivo importante. Pero el mío es el mas importante de todos. El grano, ¡el pan! ¿Qué puede haber mas importante que el pan? ¡Pan, nombre sustantivo!- el abuelo Pizquita pronunció estas palabras con particular solemnidad, elevó sus manos como un orador, se incorporó detrás de la mesa y pareció de pronto incluso mas alto- ¡Todos subsistimos gracias a él! –Con la primera copa, su rostro, rojo del frío, se había arrebolado más aún, sus ojillos jubilosos tenían un resplandor de triunfo, y repetía con la voz algo tomada-: ¡Pan es un nombre sustantivo! Y todo lo demás son adjetivos. ¡Así mismo, camarada jefe!

Aunque Samonka nunca había entendido mucho de sustantivos ni de adjetivos, ni siquiera en sus años escolares, creyó captar una alusión ofensiva en las palabras de Pizquita. Su estado de ánimo decaía visiblemente. Para no meterse en debates arriesgados con los viejos, salió presuroso a la calle en cuanto encontró un pretexto.

Pero precisamente allí, en la calle, sufrieron un golpe definitivo los sueños ambiciosos de Samonka. No había dado diez pasos fuera de la casa cuando vio a un hombre con uniforme de coronel de artillería, al que tuvo que saludar, muerto de miedo por si le detenía y le interrogaba acerca del cardenal en el ojo, y eso delante de las mujeres que lo curioseaban todo y entre las cuales Samonka advirtió enseguida a Cigüeñita, para gran pesar suyo.

En el curso de aquel día aciago, Samonka hizo otro descubrimiento: el que se lo propusiera, podía contar en aquel pueblo su buena docena de oficiales, ante cuyo grado el de Samonka resultaba más que modesto.

Al tercer día, después de despedirse del modo mas expedito de la abuela Nastasia (el abuelo no estaba en casa, se hallaba de guardia en su “objetivo”), Samonka tomó el camino de la estación con paso ligero. Sus largas orejas desplegadas, que sostenían la gorra del uniforme, ardían de tal manera que se hubiera podido encender un cigarrillo con ellas.


domingo, 23 de noviembre de 2008

Primera parte: Pan, nombre sustantivo.

PAN, NOMBRE SUSTANTIVO

MIJAIL ALEXEIEV

Nota del autor:

En cada población, grande o pequeña, existe cierta “selección” de personas sin las cuales resulta difícil, incluso imposible, imaginarse la existencia misma del lugar. Sin ellos, perdería su fisonomía, su carácter; mas aún, su alma. Cuando una de esas personas desaparece de la vida de la aldea o del pueblo, su lugar ha de se forzosamente ocupado por otra figura igual de pintoresca. De otro modo la población palidece, me marchita, pierde sus colores. En una palabra, todos sus habitantes notan al instante que, aunque todo parece haber quedado igual, falta algo muy importante, muy esencial.

Yo quisiera referirme a las personas esas de una aldea y, desde el principio, advertir al lector que no encontrará aquí una novela en el sentido habitual de esta palabra, ya que una novela de verdad implica un argumento y una acción continuada, por lo menos de uno de sus personajes principales. En este libro no habrá ni lo uno ni lo otro. Tampoco habrá protagonista, como exige la novela tradicional. Todos mis personajes pasaran por orden natural, digámoslo así, por el papel de protagonista y de comparsa.



Pizquita

Pizquita es el apodo de un anciano de ochenta años. Su nombre auténtico es Kusmá Nikíforovich Udalstov.

¿Por qué pizquita?

Luego lo explicaremos. De momento, trataremos de describir su exterior: bajito de por si, Pizquita parece ahora enteramente un crío, por que su vida larga y no muy dulce, esa es la verdad, le ha encorvado casi hasta el suelo. Y ahora, para verle la cara a una persona que se cruza con el e intercambiar algunas palabras, Pizquita tiene que torcer el cuello de una manera especial y mirar de abajo arriba con sus negros ojillos miopes.

-¿Eres tu muchacho?- pregunta frecuentemente a Sergá Vólgushev, vecino suyo y amigo desde la infancia: juntos fueron al servicio, juntos combatieron en la primera guerra alemana, juntos abandonaron las posiciones en cuanto se presentó una ocasión propicia, juntos fueron luego a la guerra civil, los hirieron el mismo día, estuvieron en el mismo hospital y el mismo día regresaron a su pueblo de Víselki, donde les esperaban las esposas con toda la bandada de chiquillos y la hacienda totalmente arruinada.

Pizquita estaba muy impaciente por regresar a su casa, deseando volver a ver a su Bujar, dromedario que había comprado en la cuenca del Volga, justamente antes de marchar a la guerra civil. Hasta entonces, Pizquita había tenido una potranca pía, Maruska, de una resistencia extraordinaria para el trabajo, poco exigente, siempre se mantenía recia y redonda cualquiera que fuese el pasto. Sin embargo, Maruska tenía un defecto: el de morder, si bien su amo se había resistido mucho tiempo a creerlo. Si la esposa o alguno de los hijos se quejaban, Pizquita no hacía más que sonreír fatuamente:

-¿Y por que no me muerde a mi Maruska?

-También te morderá a ti

Las palabras de la esposa resultaron proféticas.

Una vez regreso Pizquita a su casa pasada ya la media noche. Antes de entrar en casa, como tenía por costumbre, se aproximó a Maruska, le pegó unas palmaditas cariñosas en la grupa y quiso darle un beso en sus labios suaves y aterciopelados. Pizquita estaba muy bebido y, al parecer, ignoraba que su Maruska, a diferencia de la esposa sumisa y callada, no podía soportar el tufo del alcohol. Apenas adelantó pizquita sus labios bisbiseando palabras cariñosas hacia su hocico, Maruska enseñó los dientes con un rictus feroz, lanzó una mirada rabiosa con su ojo de fuego y le pegó un tremendo mordisco a su amo en un hombro. Pizquita lanzó un alarido y, fuera de si, arrancó una esta de la cerca -¿Quién sabe de donde sacaría tantas fuerzas?- y se puso a perseguir al caballo por el patio. Anduvo persiguiéndole hasta quedar totalmente agotado. A la mañana siguiente, rehuyendo las miradas socarronas de la esposa y los hijos, se vistió rápidamente, salió al corral, enganchó a Maruska y se marchó.

Sólo regresó al cabo de dos semanas. No tiraba ya del trineo Maruska, si no un verdadero monstruo cuya sola vista provocó los ladridos de frenéticos y temerosos de los perros e hizo que las mujeres que habían salido por agua se santiguaran a todo evento, murmurando asustadas: “¡Alabado sea Dios!” Aquel espantoso animal era un dromedario con las patas increíblemente largas. Poseía un cuello igual de largo, soporte de un hocico irónico y pequeño que eyectaba constantemente saliva y mascullaba injurias. La esposa y los hijos de Pizquita se pasaron varios días sin salir al patio por temor a aquel bicho.

Pizquita en cambio, estaba de lo más satisfecho con su compra. Desde abajo miraba encantado a aquel campanario vivo.

-¡Bujar échate!- ordenaba pizquita al dromedario, que aunque no en seguida, terminaba echándose. Bramaba, escupía, hacía muecas horribles, pero obedecía al amo.

Bujar tenía un trote fenomenal, ningún caballo del distrito podía competir con él.

-Por este maldito no he llegado a general- confesó una vez Pizquita.

-¿Cómo es eso?

-Pues así, y nada más. Grishka Liajin ha llegado y yo no. Y todo por ese, por el camello…

Después de muchos ruegos, Pizquita relató al fin lo sucedido.

Al terminar la guerra civil, poco después del asalto a Pérekop, el jefe del regimiento llamó a Pizquita y le propuso ir a Moscú a estudiar para oficial rojo. Por aquel tiempo haber cursado cuatro grados escolares era algo serio. Pizquita los había cursado; el, y otro soldado de su compañía: Grishka Liajin. Además, ambos eran valientes e ingeniosos. Grishka aceptó enseguida pero Pizquita se negó en rotundo: se acordó que en Víselki le aguardaba Bujar, y se negó. Grishka Liajin llegó por fin a general mientras Kusmá Nikíforovich Udalstov, que por todos los indicios debía haber sido un jefe militar, perdió inclusive su propio nombre y se convirtió en Pizquita.

A Pizquita le gusta hablar de la guerra civil. Pega la hebra, encantado, en cuanto se presenta la ocasión. Y si no se presenta, de todas maneras habla: se conoce que la guerra civil es la mejor página de la vida de Pizquita.

De la primera guerra alemana, Pizquita habría preferido callar: la deserción no puede presentarse como una proeza, cualesquiera sean las circunstancias a que se deba.

Pizquita se hizo el propósito de desertar después de un ataque artillero alemán cerca de Peremishl, cuando no quedó de su compañía más que una veintena de soldados. Por la noche, cuando todo se aplacó y solo las bengalas alemanas y las balas trazadoras desgarraban de vez en cuando el tupido y negro manto del cielo, Pizquita llamó a Sergá Vólgushev y le preguntó del modo más inesperado:

-¿Desde que año eres tú cretino, Sergá?

-Desde el ochenta y dos- contestó el otro sin vacilar.

-Bueno, pues desde entonces lo soy yo también… ¿Y no te parece, Sergá, que es hora ya de que empecemos a despabilarnos?...

Después de aquella noche, en la compañía faltaron dos bayonetas activas más.

Pero, ¿por que le llaman Pizquita?

Este apodo le fue puesto a Kusmá Nikíforovich Udalstov bastante mas tarde. Ahora vamos a referirlo todo por su orden.

Era ya el primer año después de la Guerra Patria.* A uno de los presidentes del koljós (al principio los contaban; primero, segundo, tercero; pero después perdieron la cuenta) se le ocurrió una idea absolutamente disparatada: poner a Kusmá Nikíforovich Udalstov, el mejor cultivador del artel, al frente del colmenar del koljós** por que el colmenero anterior había llegado a tal grado de holganazanería, que ya ni siquiera comía miel. El colmenar había sido constituido en el treinta con las colmenas de los kulaks*** concentradas en un sitio determinado, siguiendo el mismo principio empleado para formar el conjunto de los graneros koljosianos, con la particularidad de que era mucho más fácil encontrar un encargado o un guarda para los graneros que un apicultor.

Se optó por Kusmá Nikíforovich teniendo en cuenta su honradez y su formalidad extraordinarias: no se llevaba nada del koljós a su casa, aunque ciertos paisanos suyos lo hacían.

-La miel es dulce, y a nadie le amarga lo dulce –dijo sesudamente el presidente esforzándose por conservar la seriedad que requería la profundidad de su aforismo; pero no pudo resistir y soltó la carcajada, encantado de su propio ingenio, sin duda por que no andaba muy sobrado de él. Cuando Kusmá Nikíforovich le informó de que él solo sabía de las abejas que hacen mucho daño cuando pican y que la miel es efectivamente dulce y que ahí terminaban sus conocimientos sobre tan útil insecto, el presidente sentenció:

-Si he de hablarle francamente, Kusmá Nikíforovich, también yo sirvo tanto para presidente del koljós como un chivo para sacristán. Pero, me lo han mandado, y aquí estoy dirigiéndoos. Dios sabe como dirijo, pero dirijo. ¿Qué se le va a hacer?

Después de tales argumentos ¿Quién se atrevería a rehusar?

Kusmá Nikíforovich se hizo cargo del colmenar, el presidente compró en la ciudad un libro sobre apicultura y se lo entregó al nuevo colmenero con cierta solemnidad.

-Aquí tienes la Biblia de las abejas, viejo. Léela día y noche y que no se te muera ni uno solo de esos bichos que hay en las colmenas ¿entendido?

-Entendido- contestó Kusmá Nikíforovich aceptando la “Biblia” con gratitud.

No le había dado tiempo de abrirla cuando se le presento un apoderado a quien preocupaba extraordinariamente aquello de las abejas. En lugar de decirle clara y honradamente al viejo que había ido a golosinear de la miel, tomó un aire de lo más riguroso y se puso a examinar al colmenero de nuevo cuño.

-Y que ¿hay muchos zánganos?- preguntó el apoderado altivo y áspero.

Kusmá Nikíforovich tardó un poco en contestar, sorprendido por la extraña pregunta aunque, en realidad, muy razonable. Incluso movió las paletillas como si de pronto le hubiera picado un piojo en la espalda

“Se conoce que así se llaman los malditos piojos a lo científico”, pensó recordando al complemento inseparable de su ya lejana vida de trincheras. Y contestó:

-Efectivamente, había muchos, ¿para que lo vamos a disimular?

-¿Y que haz hecho con ellos?

-Pues aplastarlos entre las uñas…

La risa estalló en la caseta como una salva de fusilería.

-Bueno, abuelo, no puedo entretenerme. Tengo que irme al campo ¿No me das a probar la miel? Una pizquita…

Kusmá Nikíforovich se la dio a probar.

Y desde entonces fueron tantas y tan frecuentes las visitas de gente del distrito y de la región, que acabó por preguntarse si no sería aquella su misión principal. Daba a probar una pizca, pero eran tantas pizcas que no quedó nada para pagar los trudodiens. De ahí salió esa pizquita, que mancilló eternamente el buen nombre de Kusmá Nikiforovich Udalstov.

“La abeja se lleva el néctar de las flores, pero ¿Quién se lleva la miel de las abejas?”

Después de que se planteó esta pregunta de súbito, repentinamente, Pizquita quedó de pronto melancólico, abatido, tristemente meditabundo.

Y en la segunda mitad del invierno surgió la tragedia; las abejas no tenían miel suficiente, y el colmenar corría el peligro de perecer. Azúcar no había ni en la tienda rural ni en la cabeza de distrito. No lo había siquiera en la capital de la región. Sin embargo, lo había en el baúl, guardado por Nastasia, la esposa de Pizquita, bajo siete llaves. Lo había enviado de Moscú un sobrino de ellos, Samonka, ese mismo Samonka de quien nada desde hace un montón de años y que ahora anunciaba una próxima visita a la aldea.

Nastasia era una vieja muy alta. En cuanto a corpulencia, su esposo y ella eran de magnitudes tan dispares, que no se les podía siquiera comparar. Aunque Pizquita hubiera podido erguirse completamente, apenas le hubiera podido llegar al hombro. Pese a esta desproporción tan grande, Pizquita se las ingeniaba para sacudir de vez en cuando a su esposa, probablemente en virtud de alguna vieja costumbre. Apenas había cometido alguna falta –que fuera falta desde el punto de vista de Pizquita, naturalmente-se subía al baúl y gritaba:

-¡Ven aquí Nastasia!

La mujer se acercaba sumisamente y presentaba la cabeza.

Pizquita le tiraba de las trenzas –un poco, por pura fórmula- y decía, no muy enfadado.

-Para que aprendas. ¡Lárgate ya tonta!

Ahora decidió sustraerle el azúcar a Nastasia y salvar a las abejas. “Nosotros ya nos arreglaremos. En la cooperativa venden raíces de malta. Hay remolacha…”

-Debías sacarme la camisa nueva del baúl, Nastasia. Me llaman al Comité del distrito, y no voy a ir con esta…

Bien ajena a la argucia de Pizquita, Nastasia sacó la camisa y los pantalones y, sin cerrar el baúl, fue a la parte trasera de la isba**** para plancharlos al estilo aldeano, entre dos rodillos de madera. Con la agilidad de un hurón, Pizquita rebuscó en el baúl, agarró la bolsa de azúcar y salió corriendo de la isba.

Aquel día tuvo lugar en casa de Pizquita una encarnizada batalla poco común.

-¡Seguro que le has enviado el azúcar a Cigüeñita, viejo camarrupa!- gritaba Nastasia que, olvidada su habitual humildad, le medía las costillas al marido con el rodillo empleado poco antes para alisarle cuidadosamente los pantalones.

Pizquita logró a duras penas escapar a sus manos y esconderse en casa de Sergá Vólgushev, donde pasó tres días seguidos atrincherado lo mismo que en un fortín.

Las abejas, sin embargo, fueron salvadas.

Pero Pizquita había de seguir siendo Pizquita hasta el final de sus días, por que el mote resultó tan pegadizo como la miel de las abejas, en aras de las cuales debió padecer tantas vicisitudes el viejo.

-Prefiero que me pongan a guardar el grano- dijo a la vieja, el día que hicieron las paces, confiándole sus secretos propósitos. El grano es una cosa seria.

A la mañana siguiente se presentó en la dirección y declaró rotundamente:

-Presidente, vengo a que me cambies de trabajo. Este tan dulce que me has dado ya me tiene más amargado que todas las cosas.

Nastasia empezó a recordar con menos frecuencia la historia del azúcar: en los últimos años es algo que abunda en la tienda del pueblo para alegría de todos, y en particular de los que destilan vodka.



*Guerra patria: Segunda Guerra Mundial
**Koljós: Granja social soviética, propiedad del estado.
***Kulaks: Campesinos independientes rusos, enemigos del régimen fueron exterminados por este, eran presentados como simbolos del viejo régimen y de la codicia.
****Isba: Casa tradicional del campesino ruso.