Así llamaban en Víselki a un muchachuelo escuálido y larguirucho, de grandes orejas despegadas. Las orejas eran un atributo muy llamativo en la cabeza redonda de Samonka por su tamaño excesivo y por que ardían eternamente como una llamarada debido al contacto, frecuente y no muy cariñoso, de la mano paternal.
Recuerdo que Samonka aceptaba la paliza diaria como una cosa debida, con el valor del culpable cuando, por mucho que se busque, no hay manera de encontrar la menor justificación: por ejemplo ¿Qué se puede hacer cuando le sorprenden a uno en un huerto frutal ajeno, o en una huerta, y le conducen al padre?
Mi hermano Lionka tenía la imprudencia de ser amigo de Samonka, razón por la cual recibía frecuentemente de nuestro padre lo mismo que Samonka del suyo. Muchas veces, los castigos eran impuestos el mismo día, incluso a la misma hora, y esto equiparaba en cierto modo a los amigos, hacía menos sensibles los golpes.
Al fin y al cabo no me habían sacudido a mí solo, sino también a Lionka. Lionka, a su vez, podía pensar exactamente igual de Samonka, y los dos se consolaban así. Bien se dice que, en compañía, hasta la muerte se puede aceptar. El caso es que al cabo de una hora o así ambos olvidaban por completo la paliza recibida y, en cuanto se juntaban, se ponían a planear un nuevo asalto a una huerta o un melonar.
Samonka y Lionka sólo iban a la escuela hasta navidades: la aplicación no les daba para más. Samonka solía presentarse el día que habían fijado ya de antemano y anunciaba solemnemente a su amigo:
-Lionka, ¡sea acabó!-
Sentada esta afirmación, el taleguillo manchado de tinta que contenía libros y los cuadernos mutilados iba a parar a lo alto del horno, y el hocico granujiente de Samonka resplandecía con una dicha infinita.
Lionka, que esperaba aquel instante desde hacia ya tiempo, aceptaba inmediatamente.
No se sabe como llegaron los amigos hasta el tercer grado, pero de allí no pudieron pasar, Tres años estuvieron en el tercer grado, hasta que los echaron de la escuela.
Samonka desapareció luego de la aldea, como tantos otros de aquella época ¿Había muerto sin que nadie se diera cuenta en el año terrible de 1933, o escapó de allí impelido por el hambre? Nadie lo sabía. Ni siquiera su amigo Lionka, que seguramente tenía otras cosas en que pensar…
Casi todo el mundo se había olvidado ya de Samonka cuando volvió a aparecer ahora en Víselki, al cabo de unos veinte años. Era un hombretón altísimo de unos treinta y siete años y vestía un uniforme militar por el cual no se podía colegir a que arma pertenecía su dueño.
Samonka no tenía familiares inmediatos en la aldea: la madre y el padre murieron aquel año treinta y tres. En cuanto a Lionka, su único amigo, murió en la guerra y su tumba quedó perdida entre los bosques de Smolensk.
En una palabra, que no tenia a nadie de quien jactarse en particular de su magnífico uniforme y de su modo de hablar al estilo de la capital, sin acentuar la “o” como en el Volga. Y, sobre todo, no tenía a nadie ante quien jactarse del cargo tan importante que desempeñaba en Moscú, en la capital. ¡Y que deseos tenía de jactarse, el pobre! A decir verdad, con ese único objetivo había hecho aquel viaje a su aldea.
De la contrariedad, se atizó unos buenos latigazos de vodka de cuarenta grados en compañía de su tía Nastasia, mujer de setenta años que no bebía, en cuya casa se había hospedado. Y enseguida experimentó la imperiosa necesidad de ponerla al corriente de lo que era y lo que hacía…
-¿Sabes donde estoy de servicio tía?-
-¿No hijo mío, ¿Cómo lo voy a saber?-
-¡En Moscú!-
-¿En Moscú? Ya lo he oído, me lo ha dicho el viejo… ¿con que Moscú mismo?- se sorprendía Nastasia, y Samonka tuvo la impresión de que la vieja le miraba con extraordinaria envidia-. De manera que de allí me mandaste aquel azúcar, ¿no?
-De allí abuela, de Moscú.
-¿Y donde estabas allí, hijo mío, que haces?
Samonka miró de un lado a otro, lanzó una ojeada hacia la ventana como si temiera que estuvieran escuchándoles y, en un susurro, igual que si se tratara de un gran secreto, confió:
-Vigilo un importante objetivo.
-¡Ah! ¿Estas de guarda? Muy duro es, ¿verdad? El viejo mío tambien lleva no se cuantos años vigilando los graneros del koljós, de guarda vamos. Antes le habian puesto con las abejas. Pero, hijo, pegan unos picotazos tan terribles las abejas esas… Ahora está con el grano. No descansa ni de día ni de noche. Cuando llega, está aterido…
-No estoy de guarda, tía, entiéndeme… ¡Es un objetivo importante! ¿Comprendes?
-Pues claro que si, muchacho… Eso te digo: que se pasa el pobre la noche entera con la escopeta. Y las noches de invierno son larguísimas, con un frío espantoso, y unas heladas. Le pongo el samovar y lo apura enterito… Ser guarda, ¡menudo es eso! Claro que comprendo; como que tengo muchos años ya…
Samonka sacude la cabeza desesperado.
-¡Pero acaba de entenderme, vieja! No estoy de guarda. Estoy de vigilancia, de jefe… de una guardia. Eso no tiene nada que ver con cuidar de unos graneros. ¡Se trata de un objetivo importante!
Pero la abuela Nastasia sigue con lo suyo:
-Si te comprendo… Y por eso digo que es duro, hijo mío. El guarda tiene un empleo molesto, de noche. El mío, cuando vuelve por las mañanas a casa, trae carámbanos en las barbas, y se los tengo que arrancar. ¿Por qué no tomas el retiro, viejo?- le digo yo. A los jubilados les corresponden ciento diecisiete trudodiens. Para nosotros, bastante es… No, mujer, me dice. Es pronto para retirarme, En el koljós falta gente. ¿Cómo quieres que esté yo tumbado en lo alto del horno?... A mi me gusta guardar los bienes koljosianos, dice, sobre todo el grano… ¡Si tenéis un cargo difícil mi viejo y tu, hijito! ¡Si lo comprendo muy bien!
A Samonka se le saltan casi las lágrimas.
-Mira tía, ¡vete al demonio tu y tu guardia!
-Si eso mismo pienso yo, que os dejéis de eso mi viejo y tú…
Samonka no encuentra salida: ¿Quién le explica nada a esa vieja chocha? De pronto, una idea acude a su imaginación:
-Oye tía, en la aldea habrá muchas viudas ¿verdad?
Nastasia mira con aire picaresco a su sobrino, que ha vuelto a sentarse frente a ella en la mesa.
-Pero ¿Es que todavía no te has casado, muchacho?
-No, tía; no me ha dado tiempo, la guerra no me ha dejado. Bueno, y dime ¿hay alguna así, que sea joven?
-Las hay. Claro que si. Después de la guerra han quedado muchas, hijito. Unas con hijos, otras sin ellos…
-¿Y qué, y qué?
-Lo mejor que puedes hacer, muchacho, es ir a ver a la Cigüeñita. Estará encantada.
-Y… ¿Qué tal es, que tal?
-Es joven, y agraciada de cara. Dicen que a todo el mundo acoge, que nadie tiene queja de ella.
Samonka rebulle impaciente en el banco. El correaje nuevo cruje inquieto, las orejas le arden como dos linternas.
-¿Dices que no me despedirá de mala manera?
-No, no. Vete a verla chico. Ya te digo que se pondrá contenta.
-Aquí cerca, nada mas pasar el puente. La primera casa a la derecha.
Samonka se levanta impetuosamente, con gesto habitual recoge el vuelo de la guerrera debajo del cinto, se mira al espejo, y junto a su imagen, descubre la de un receptor de radio acogido a un rincón, junto a los íconos, en buena armonía con los rostros oscuros de los santos. Sin volver la cabeza, pregunta: -¿Por qué está callado el aparato, tía?
-Por que no hay pasto ¿comprendes? El domingo irá el viejo a comprarlo.
-¿A comprar que?
-Pasto
-Querrás decir pilas.
-Eso es.
Después de contemplarse una vez más en el espejo, Samonka se dispone a marcharse. Junto a la puerta se detiene.
-¿Y como se llama esa Cigüeñita?
-Pues así: Cigüeñita.
-Entonces, ¿es que no tiene otro nombre?
-Claro que lo tiene, se llama Marfushka. Lo de Cigüeñita se lo puso el marido, que en paz descanse. La quería muchísimo, ¿sabes?, y así ha quedado…
-Bueno, voy para allá- dijo Samonka con un ligero temblor de impaciencia en la voz y salió a la calle.
Regresó poco antes del amanecer. Sin encender la luz se desnudó en la oscuridad y acostase rápidamente en la cama que le había cedido su tía. La abuela Nastasia estaba tendida sobre el horno. Por la mañana, al despertarse antes que Samonka, vió en el rostro del durmiente, debajo del ojo derecho, un enorme cardenal que adquiría un espantoso color liláceo en el crepúsculo matutino. La vieja soltó una risita socarrona, bajó rápidamente al suelo y empezó a hacer ruido junto a la hornilla.
Samonka entreabrió el ojo tumefacto y lanzó una mirada de soslayo a la tía, captando con gran contrariedad suya una sonrisita cáustica en las comisuras de sus arrugados labios.
“¡Anda ya, vieja agorera!”- pensó iracundo y ocultó su rostro bajo la manta. ¡Ya te daré yo a ti, Cigüeñita! ¡Yo no consiento que se burlen de mí!”
Cuando amanecía volvió Pizquita.
Samonka y Nastasia estaban desayunando. El sobrino, arrebatado al principio por la sed de venganza, se comportaba ahora con calma y comedimiento mayores. Probablemente estaba agradecido a la tía por haber tenido bastante tacto para no preguntarle dónde se había ganado aquel cardenal bajo el ojo derecho.
Pero Nastasia no tuvo tiempo para advertir a Pizquita que no se comportase del mismo modo. Y fue hecha la pregunta fatal para Samonka:
-¿Quién ha sido, camarada jefe, el que te ha… ejem, ejem… adornado así?
-Viejo soldado, Pizquita se afanaba por observar las reglas de la subordinación y hasta se reprochó para sus adentros el que se le haya escapado aquello de “adornado” ofensivo para tan “alto personaje”.Como un auténtico combatiente, acudió en auxilio del compañero apurado, enmendando de paso su yerro.
-¿Te has caído en algún hoyo o una cueva? ¡Quedaron tantos de cuando los años treinta! Como después de un bombardeo. ¡La de ganado que se ha malogrado en ellos!
-Me he golpeado con el quicio de una puerta en la oscuridad- farfulló Samonka.
-Esas cosas ocurren. El verano pasado también me pegué un trompazo, como tú, que casi me deja ciego. Con que, mas cuidado, camarada jefe… Al fin y al cabo, eso de los quicios, en todas las puertas los hay. Bueno, y ¿que, echamos un trago? ¿Eh? Trae unos pepinos salados, vieja. De modo que en la ciudad, ¿eh?, en Moscú. Vaya, vaya… ¿Y que tal? ¿Hay mucha gente por allá?
-Mucha, abuelo –contestó Samonka encantado de que la conversación hubiera saltado a otro tema, soslayando el que le molestaba a el-. Sus seis millones habrá.
-¡Menudo!- comentó Pizquita con un silbido de asombro- ¿Y todos vigilan algún objetivo importante?
-¡Hombre, no!- sonrió Samonka, condescendiente- Hay quien trabaja en una fábrica, o en una oficina, o en otra parte. Todo el mundo trabaja, todo el mundo hace algo.
-¿Todos, eh? Eso es bueno. Y tu, ¿haz venido a quedarte o no?
-No, abuelo. He venido de visita. A pasar una temporada. Estoy de permiso.
-¿De permiso? ¿Qué quiere decir eso de permiso?
-Un descanso que me corresponde.
-¡Ah, vamos! ¿De manera que te corresponde? Se conoce que nosotros vivimos en otro régimen. A nosotros no nos corresponde.
Samonka callaba, confuso.
El abuelo Pizquita también le echó mano en esta ocasión.
-No, si yo comprendo que ahora no puede ser. El trabajo nuestro es distinto. El día que haya mas máquinas, entonces… ¿De manera que no quieres quedarte en tu pueblo? Mal hecho… Quédate, te paso el cañón mío –el viejo señaló hacia la pared donde estaba colgada su vieja escopeta-, y yo me dedico a descansar. Tienes experiencia, puwesto que en Moscú vigilas un objetivo importante. Pero el mío es el mas importante de todos. El grano, ¡el pan! ¿Qué puede haber mas importante que el pan? ¡Pan, nombre sustantivo!- el abuelo Pizquita pronunció estas palabras con particular solemnidad, elevó sus manos como un orador, se incorporó detrás de la mesa y pareció de pronto incluso mas alto- ¡Todos subsistimos gracias a él! –Con la primera copa, su rostro, rojo del frío, se había arrebolado más aún, sus ojillos jubilosos tenían un resplandor de triunfo, y repetía con la voz algo tomada-: ¡Pan es un nombre sustantivo! Y todo lo demás son adjetivos. ¡Así mismo, camarada jefe!
Aunque Samonka nunca había entendido mucho de sustantivos ni de adjetivos, ni siquiera en sus años escolares, creyó captar una alusión ofensiva en las palabras de Pizquita. Su estado de ánimo decaía visiblemente. Para no meterse en debates arriesgados con los viejos, salió presuroso a la calle en cuanto encontró un pretexto.
Pero precisamente allí, en la calle, sufrieron un golpe definitivo los sueños ambiciosos de Samonka. No había dado diez pasos fuera de la casa cuando vio a un hombre con uniforme de coronel de artillería, al que tuvo que saludar, muerto de miedo por si le detenía y le interrogaba acerca del cardenal en el ojo, y eso delante de las mujeres que lo curioseaban todo y entre las cuales Samonka advirtió enseguida a Cigüeñita, para gran pesar suyo.
En el curso de aquel día aciago, Samonka hizo otro descubrimiento: el que se lo propusiera, podía contar en aquel pueblo su buena docena de oficiales, ante cuyo grado el de Samonka resultaba más que modesto.
Al tercer día, después de despedirse del modo mas expedito de la abuela Nastasia (el abuelo no estaba en casa, se hallaba de guardia en su “objetivo”), Samonka tomó el camino de la estación con paso ligero. Sus largas orejas desplegadas, que sostenían la gorra del uniforme, ardían de tal manera que se hubiera podido encender un cigarrillo con ellas.
